Crónica de una mañana entre piedras y campanas: Visita a la Catedral de Badajoz

Francisco Javier Cerrato Lumbreras

El reloj marcaba las once de la mañana cuando un grupo de antiguos alumnos de la Escuela Virgen de Guadalupe, acompañados de familiares y amigos, se congregaban en la plaza de San Juan. No era una reunión cualquiera. Convocados por la Asociación de Antiguos Alumnos, se disponían a embarcarse en una nueva jornada cultural, esta vez con un escenario de lujo: la imponente Catedral de San Juan Bautista, joya del gótico tardío extremeño. La jornada prometía ser especial, y lo fue desde el primer paso. La visita guiada desveló, rincón a rincón, la solemnidad y los secretos de este templo que no solo es piedra y fe, sino también memoria colectiva de la ciudad. Bajo la voz pausada de nuestro guía Jesús , los visitantes recorrimos el interior de la catedral, deteniéndonos ante retablos, altares, imágenes y vitrales que han presenciado siglos de plegarias y acontecimientos.

El itinerario se amplió hacia las salas capitulares y museos, espacios menos conocidos pero de un valor incalculable. Allí, entre documentos antiguos, ornamentos sagrados , pinturas, tapices y mobiliario litúrgico, la historia parecía hablar en susurros. El claustro, siempre sereno, con un precioso zócalo de azulejos árabes, ofreció un respiro de contemplación, un pequeño oasis donde el tiempo parece detenerse bajo los arcos góticos.

Pero la experiencia alcanzó su cima, literal y simbólicamente, al iniciar la subida a la torre. Para muchos era la primera vez. Escalón tras escalón, en fila de a uno los fuimos ascendiendo con la expectación de quien descubre algo que, siendo cercano, había permanecido invisible. En lo alto, la vivienda del antiguo campanero evocó tiempos de oficio solitario y vigilia. La maquinaria del reloj, aún en funcionamiento, y que nos ayuda con las uvas de Nochevieja, recordó que hay un tiempo sagrado que no se mide solo en horas, sino en vivencias.

Ayuntamiento y Alcazaba desde la torre de la Catedral
Ayuntamiento y Alcazaba desde la torre de la Catedral

Y luego, el momento culminante: el sonido vibrante de las campanas, apenas a un metro de distancia, estremeció los cuerpos y tocó el alma. Fue una conmoción de bronce, memoria y emoción. Desde la cúspide, la ciudad de Badajoz se abría en todo su esplendor: los tejados rojizos, las calles serpenteantes, el Ayuntamiento, las terrazas cercanas, la Escuela allá a lo lejos y, sobre todo, ese aire limpio de las alturas que sabe a descubrimiento. Hasta la próxima.

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